Iggy Pop


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    https://youtu.be/7bgndW7enwE

    Los muertos no mueren

    ¿Por dónde empiezas con Iggy? Si tiras desde el principio, de la A a la Z, el riesgo de ser un muñeco de ventrílocuo de los historiadores oficiales del rock es demasiado alto: protopunk antes del punk, punk durante el punk y Peter Punk después del punk. Entre los signos de puntuación de este trabalenguas se esconden la iconicidad fiera, los años Bowie en Berlín, el rabo de lagartija sobre el escenario y la célula unipersonal de resistencia rock. Páginas gloriosas de la historia de la música popular, por supuestísimo, aunque ya sabidas. No merece la pena repetirlas. En 2020, además, no hace falta saber todo esto para intuir que en el torso aún descubierto, en las arrugas de la cara de James Newell Osterberg Jr., hay datos más reveladores que en su entrada en Wikipedia. Si empiezas por el final, el relato es el mismo pero parece otro. El último disco de Iggy Pop, Free, está rebozado de un inevitable sentimiento, también un pensamiento, finisecular. Electrónica, jazz, oratoria y rock de últimas horas. Ya sucedía en el excepcional Post Pop Depression de 2016: rock de after, de una belleza decadente y decadentista solo al alcance de un superviviente que asume que quizá lleva años viviendo de propina. Iggy se sabe zombi. Iggy se sabe siglo XX. Iggy se sabe el retrato de Dorian Gray. Y esa imagen actual, hermosísima precisamente por no esconder su erosión, también es icónica, también es magnética y también es Iggy.

    Free (Loma Vista / Caroline International, 2019)